
Viajar no es conocer otros lugares: es conocerse a sí mismo. El verdadero arte de tomar las maletas y aventurarse a sitios lejanos sólo cobra sentido cuando me descubre esas escondidas emociones que la rutina diaria ha ayudado a ocultar. El proceso no es sencillo, es mucho más que buscar una guía de turistas y obedecer el itinerario impuesto por una agencia de viajes. Es reconocer que cuando me atrevo realmente a cambiar de aires sólo quedo satisfecho si el destino buscado termina por decirme más de mí que de él mismo.
Cuando las personas viajan ¿lo hacen por esta razón? Me temo que no. Creo que muchos comenten el error de simplemente cotejar un vano sueño con la cruda realidad: una hermosa postal con una sucia playa, una iluminada catedral con una anodina iglesia. Yo lo sé de cierto porque lo he vivido. Ante la extrañeza de mi acompañante, he odiado caminar por los pasillos de uno de los museos más importantes de Montevideo y no sólo eso, antes ya me había aburrido en Buenos Aires. Y en México no he sabido qué hacer en sus provincias. El tiempo se me hizo largo en Michoacán. Veracruz sólo me saturó de calor y recordé mi odio a los mosquitos. Guanajuato no me dijo nada.
Alain de Botton, con su libro El arte de viajar. Cómo ser más feliz viajando, es responsable de estas líneas. Confieso que el título me pareció obtuso. Detesto las recetas para vivir, detesto las recomendaciones para ser feliz. Este texto me las proponía y yo no estaba dispuesto a aceptarlas. Pero toda lectura siempre es un reto. Y cual si fuera un viaje, sus reflexiones me hicieron descubrir lo que ya en otro tiempo había meditado pero que por diversas circunstancias había guardado en algún rincón de la memoria: la verdadera esencia de viajar.
Y no es que esté de acuerdo con todas las ideas de este texto. Es más, no apoyo sus conclusiones. Pero no se trata de eso. Se trata de que tres ideas que menciona De Botton me hicieron reflexionar sobre el multicitado pero poco practicado arte de viajar. Y no sólo eso, me recordaron esos gustos viajeros que en algún momento me permitieron conocer un poco más de mí.
La primera idea tiene que ver con la historia del Duque de Esseintes, personaje principal de una novela del escritor frances J. K Huysmans. Después de algunos recorridos desastrosos por Inglaterra y Holanda, el personaje decidió no viajar más y cuando el cosquilleo de romper su decisión le invadía, buscaba en un museo las imágenes del destino anhelado, se tranquilizaba observándolas y pronto olvidaba sus ansias de trasladarse a otro lugar.
Paradojas de la vida: la historia de un hombre que ha decidido no viajar más, me ha provocado exactamente lo contrario: viajar. Y es que no puedo ser como el Duque de Esseintes, no puedo permitirme el lujo de no moverme, de no sentir el vértigo del cambio. Ésa es la segunda idea que De Botton propone: viajar por el simple hecho de hacerlo. Recuerda a ese magnífico pintor estadounidense Edward Hopper. A él le gustaba pintar, entre tantos motivos, situaciones de viaje. Sus personajes siempre están en un punto de tránsito: estaciones de trenes, aeropuertos, hoteles, estaciones de gasolina, etc. En sus miradas se deja traslucir todas esas historias que se ha quedado en el pasado y la expectativa de lo que vendrá. Eso también es viajar.
Cuando fui a Michoacán ni siquiera sabía qué podía obtener de esa ciudad. Guanajuato para mí fue una obligación. Los museos me fastidian y Buenos Aires sólo lo conocí de paso y aprisa. Un día, cansado de tanto viajar sin ningún sentido, decidí hacer caso no a lo grandilocuente ni a lo ostentoso. Me fui por una simple recomendación. Ni siquiera acepté ver una postal. No había postales. Se trataba de un rosetón gótico en una iglesia perdida en algún pueblo de Morelos. El gótico era un estilo que yo sólo había oído nombrar en las historias de Batman. Un rosetón, me explicaron, es una especie de ventanal circular que generalmente las iglesias tienen en su fachada. Se me comentó que toda su estructura arquitectónica había sido un lento y cuidadoso trabajo de manos indígenas. Intenté convencer a algún acompañante. A nadie le provocó lo que a mí me había provocado. Decidí ir solo. Mi familia pensó que estaba loco. No hice caso.
Después de una larga travesía, frente a una iglesia pueblerina, en el centro, como una obra aparte, resaltaba ese rosetón gótico. Me senté a observarlo. La sonrisa de la persona que me recomendó el sitio se repitió en mí. Y no es que ahora supiera que mi concepto del estilo gótico estaba equivocado. No, lo importante es que me sorprendí a mí mismo disfrutando de la sencillez augusta de esa extraña pieza que muda me decía la verdad sobre el arte de viajar. Ese rosetón significaba más que una simple pieza arquitectónica, representaba mi personal decisión de buscar algo que para muchos no era importante, era la prueba clara de un acto de independencia que en ese momento necesitaba demostrar.
He aquí la tercera idea que propone De Botton: cuando uno viaja resignifica la realidad según tus propios intereses. Uno no debería dejarse llevar por una postal comprada en algún autoservicio, uno tendría que descubrir qué podría decir de mí ese lugar. Se recomienda abrir los ojos y buscarle otro sentido, más personal y natural, a nuestro destino de viaje. Ahora recuerdo que por un motivo semejante tomé una mochila y me encaminé a la mejor ciudad colonial que tiene este país: Zacatecas. Y fui simplemente a corroborar una frase que leí alguna vez: “ese mar de piedra de cantera rosada que tiene la Catedral”. Y es cierto. Nunca he visto tanto movimiento de piedra en una fachada. La gente me veía sospechoso porque me pasé horas observando la Catedral. Y no sólo eso: me atreví a tocar sus contornos barrocos y me olvidé un poco de las reglas. Algo que nunca había hecho.
Descubrí que yo podía viajar de esa forma y con esos simples pero personales objetivos. También que podía moverme y no aburrirme en mi cuarto como De Esseintes. Que el hecho de simplemente salir es un acto que se disfruta, lo mismo que el regreso. Que estoy de acuerdo con Alain de Botton: uno le da sentido a las cosas y no al revés. Decidí finalmente que vivir es no quedarse quieto, y que viajar no es sólo conocer lugares: es conocerse a uno mismo. Y que si puedo, por el simple hecho de hacerlo, algún día regresaré a esos lejanos sitios para exprimirles todo lo que ahora, después de tanto tiempo, seguramente podrán decir de mí.
Mtro. Salvador Saulés
hola, maestro!!
ResponderEliminarMe ha ayudado mucho su reflexiòn de viajar. No soy una persona que lo haga con regularidad (viajar) y no conozco muchos lugares.
Me ha gustado el texto porque lo he leido en una època de mi vida donde me he atrevido hacer cosas nuevas, cosas que no sabia que podìa realizar.
Estaba algo apagada porque no pude hacer el servicio donde querìa y me siento mal con usted.Lo bueno esque lo estoy realizando en prensa y es una etapa que desconocìa de mi. Me atreverìa a decir que su texto me ha proporcionado un viaje hacia mi.
Muchas gracias. Me parece una excelente reflexiòn. Su texto ha llegado justo a tiempo para conocerme màs a mi misma. Talvès no lo entienda, creo que despuès le escribirè y contarè.
Asì que...creo que ya me extendì mucho...
un saludo desde Saltillo, Coahuila.