“¿Cómo se dice?”, le pregunta insistente una madre a su hijo cuando recibe algún obsequio y éste contesta casi de forma automática: “¡Gracias!” Si alguien realizara un conteo sobre cuántas veces se repite este diálogo en un país como el nuestro, el resultado total sería prácticamente imposible de precisar. Y es que enseñarles a los niños desde pequeños esa simple palabra que mágicamente abarca todos los códigos de agradecimiento es una práctica que ha pasado de generación a generación. Nuestros abuelos nos la han inculcado, nuestros padres la han aceptado y nosotros la repetimos sistemáticamente. Nadie cuestiona su valor en el mundo de la cortesía y la educación. Sin embargo, si yo les dijera que para algunas sociedades este aprendizaje tan valorado por nosotros es en realidad un acto de mezquindad, una innoble actitud de calcular lo que se da o lo que se recibe. Si yo sostuviera que dar las gracias es finalmente un acto de ridícula soberbia que contrasta con esa tan mencionada y va...
Palabras, comentarios y otras minucias desde algún remoto lugar del sur de la Ciudad de México.