FÉMINAS: “SERES QUE CARECEN DE FE”
Visiones masculinas acerca del mundo de las brujas
Salvador Saulés, 2012
Odiseo ve interrumpido su camino de regreso a Ítaca. Sus hombres están sedientos, el hambre también hace estragos en toda la tripulación. Algunos de ellos, al llegar a una isla se aventuran en búsqueda de provisiones. Su tardanza inquieta a Odiseo, y éste sale en su búsqueda. El mensajero de los dioses, Mercurio, le advierte de los peligros que va a enfrentar. Le ofrece unas yerbas para evitar los encantamientos de una especial mujer que, así como hermosa es sumamente peligrosa, es una hechicera, es Circe. Cuando llega a su encuentro, esta bruja intenta con todos sus artilugios hacer caer al héroe en su encantamiento. Odiseo tiene de su parte a los dioses. Al no poder convencerlo con filtros, artificios obligatorios en sus magias, Circe utiliza un último recurso: sus encantos femeninos. Y el héroe tiene que ceder ante tales ofrecimientos. Tal vez por ayudar a sus compañeros que previamente habían sido transformados en cerdos, o tal vez porque es bien sabido que un mortal no puede negarse ante los requerimientos amorosos de una diosa.
John William Waterhouse Circe ofreciendo a la Copa de Ulysses 1891
Es la historia del famoso
encuentro de Odiseo y la maga Circe. Es un mito, está cargado de símbolos. No
es casual que la maga sea una mujer, y menos aún que sea hermosa y encantadora,
en todo el sentido de la palabra. Es la dominadora de hombres, los utiliza, los
transforma en el ser más repugnante e indeseable para el hombre, el cerdo. Se
vale de todos sus filtros, sus pociones, de todas sus magias para hacer caer al
héroe. Pero éste, inteligente, audaz, prototipo de todas las virtudes
masculinas, no cae en las redes de esa mujer. Sin embargo, ella es dueña de un
arma infalible: su belleza. Tiene un cuerpo lleno de deseo incontenible, de
lujuria. Y como bien dice André le Chapelan en su tratado De Amore, citado por Georges Duby en Mujeres del siglo XII, ningún hombre “es lo suficientemente
poderoso para apagar de una u otra manera los fuegos de mujer alguna”, entonces
Odiseo tiene que ceder, y caer en las redes de esa encantadora mujer.
Es la tradición griega. Ejemplos
como el anterior existen en demasía. Pero todos tienen una característica
evidente: el temor ancestral del género masculino hacia las mujeres. Ese
respeto a la madre primigenia, matizado de miedo, deseo y envidia. No en vano
son damas los sujetos propicios para tales estereotipos: de una belleza
deslumbrante, de palabras encantadoras, dueñas de un conocimiento al que los
hombres no pueden acceder. Se intenta contener lo incontrolable: la sexualidad
femenina. ¿Qué alternativa queda? Restringir lo más posible su forma,
estigmatizándola. Lo que no se entiende se le califica de peligroso. Lo que no
se puede dominar hay que castigarlo. Son brujas, y como tales, su destino es la
hoguera.
Es solo el mundo griego, pero
¿qué sucede en la tradición bíblica?
“Eva los atraía, Eva los atemorizaba”
Así concluye Georges Duby su
estudio, ya citado, sobre las mujeres del siglo XII. En él hace toda una amplia
explicación de la expulsión del paraíso de la pareja original, en la tradición
judeocristiana. Es Eva, la madre, la esposa, la amante. Es Eva, la mujer. Atrae
y atemoriza a los hombres. Responsable directa de todos nuestros males, es ella
la culpable de todo. ¿Por qué?
Es mujer, y es peligrosa. Su
misión era ser comparsa del mundo masculino, por eso fue creada de una
costilla: para ser sólo compañía. Debía obedecer a Dios y al hombre, no comer
del fruto del árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo. Pero no lo hizo.
Algo en su esencia le dijo que debía actuar de modo diferente. Habló con quien
no debería hablar, comió lo que no debería comer, desobedeció órdenes que debía
atacar. Y no contenta con ella, engañó al hombre y lo indujo al mal. ¿Qué más
se puede pedir?
| Eva de Durero |
Por si faltaba algo, San Agustín, citado por Duby, realiza toda una interpretación filosófica sobre la creación del hombre y su consiguiente expulsión del paraíso. Después de muchas precisiones, San Agustín concluye: la mujer, como el hombre, está dotada de razón “sin embargo en ella domina la parte animal, deseante”. Es decir, no se niega el raciocinio, pero se cuestiona su esencia. Algo mucho más peligroso, pues toda esa vulnerabilidad las vuelve seres propicios a ser dominados y, por supuesto, a ser quemados en la hoguera.
Una vez más la visión masculina
se ve rebasada en su totalidad por el ente femenino. Una vez más no se pudo
contener todo lo que una mujer puede dar: su voz, su independencia, su
raciocinio, su sexualidad. Es responsable de todo porque es más fácil culpar a
alguien que entenderlo. Es menos bochornoso inventar historias que aceptar
nuestros miedos ancestrales.
Eva es la mujer, es la madre, es
la responsable de todo. Sus acciones propiciaron una infinidad de argumentos
para atacar al género femenino. El mundo masculino encontró en ella una de sus
mejores armas para cubrir sus temores, la utilizó como fundamento de todas sus
acciones y como justificación a todos sus excesos e inventó toda una creencia y
la matizó con una serie de rituales: el cristianismo.
¿El cristianismo es el responsable?
Toda esta tradición
judeocristiana influyó de manera decisiva en el medievo. Pero su invasión fue
lenta, y de manera muy singular. La tradición cristiana no llegó súbitamente a
transformar la conciencia pública en toda Europa. Su invasión fue progresiva. Y
en las comarcas existía, previa al cristianismo, otra especie de religión. Toda
una serie de rituales, creencias y de ídolos que estaban muy arraigados en las
comarcas. En Demonios y genios comarcales
en la Edad Media, Claude Lecouteux nos da toda una saga de hadas, elfos,
demonios y genios que funcionaban, podríamos decirlo, como una verdadera religión.
Su historia procede como es
habitual en regiones donde el contorno natural es parte importante en el
desarrollo de cualquier comunidad. La relación con la madre naturaleza llevó a
gran cantidad de gente a creer en la existencia de pequeños genios que
dominaban ya sea un río, o un árbol, o toda una región. Había que tratarlos
bien, y ellos respondían de igual manera. En caso contrario, podrían ser los
peores enemigos de toda una comunidad.
Pero llegó el cristianismo. Y
sucedió lo esperable. Toda una conjugación de elementos, un sincretismo de
formas y creencias de lo que ahora conocemos como religión. Y qué mejor manera
de acabar con las creencias populares que asignarles rasgos maléficos, o
sobreponer el santo cristiano al ídolo de la región. Se habla de los íncubos y
los súcubos. Especie de pequeños demonios que irrumpían en las alcobas de
hombre y mujeres para clamar toda una sexualidad reprimida. No en vano una de
las mayores críticas que se les hacía a las mujeres consideradas como brujas
era su supuesto comercio carnal con un íncubo. La mejor manera de criticar a
una dama era considerar su acercamiento a toda esta tradición previa al
cristianismo. Los hombres no estaban exentos, pero era en el mundo femenino
donde se encontró materia más fértil.
| Incubus de Lee James McKnight |
Y a partir de allí, los
argumentos abundaron. No sólo fue el cristianismo, fue toda una tradición
antigua, de ritos matriarcales fácilmente calificados de demoniacos. Los
inquisidores tuvieron muchos elementos para localizar y juzgar a una bruja,
tanto material había que se podía hacer un verdadero manual para encontrarla y
llevarlas a la hoguera.
Filología fantástica: el Malleus
Maleficarum
Henrick Kramer y Jakob Sprenger,
dos inquisidores dominicos escribieron lo que ahora sería un verdadero manual
para cazadores de brujas. Nos estamos refiriendo al Malleus Malleficarum, conocido “el martillo de las brujas” que fue
impreso por primera vez en el año de 1486. Se puede decir que es la obra más
importante que se haya escrito sobre demonología, es decir, sobre el asunto de
las brujas y el demonio. Se habla de 64 ediciones de este libro de 250 000
palabras traducido a múltiples lenguas: latín, francés, alemán, inglés e
italiano. En el medio religioso se aceptó como texto oficial para procesar
brujas, o a lo que los inquisidores suponían que eran brujas.
El Malleus está dividido en tres partes. La primera dedicada a
describir el entramado de la brujería y de sus prácticas: el alejamiento de la
fe católica, exaltación de la figura del demonio, conocimiento carnal con los
íncubos y con los súcubos. La segunda parte se refiere a las prácticas
perversas de las brujas. Y en la tercera parte se enumeran de forma precisa los
elementos que permiten al inquisidor descubrir, examinar, encontrar, interrogar
y, sobre todo, torturar a las supuestas brujas.
Y decimos suponer porque en el
texto se incluía una condición que tuvo consecuencias funestas. Se hablaba de
que se podría realizar una denuncia cuando se sospechaba de actos de brujería,
y que esta acusación debería ser aceptada sin considerar la identidad del
denunciante. Imaginemos lo que provocó tal licencia: todo mundo podía denunciar
bajo la más leve sospecha, aún en casos de sospecha mínima. Y las principales
sospechosas eran las mujeres.
Los autores explican su interpretación de por qué las mujeres son los seres más falibles en esta lucha. Y lo explican a partir de su definición del género femenino. “¿Qué otra cosa es la mujer sino un enemigo de la amistad, un castigo insoslayable, un mal necesario, una tentación natural (…), un mal de la naturaleza pintada con colores hermosos?” Y lo califican con adjetivos que ahora nos parecerían verdaderamente inverosímiles. La mujer pasó de ser “enemigo de la amistad”, y adquirió todos los posibles vicios que un ente podía tener: inmoral, mentirosa, viciosa y, finalmente, impura. Incapaces de cambiar su malhadado destino, pues al ser origen de una costilla torcida, las damas son animales imperfectos, son proclives al vicio y al engaño.
Pero no todo termina allí, lo
autores, haciendo uso de una nada desdeñable imaginación, inventaron un origen
filológico bastante fantástico. La palabra fémina,
según ellos, deriva de la unión del término fe,
de significado evidente, con el otro vocablo minus, que significa menos.
El resultado es simple: las mujeres, de origen, carecen de fe. Son vulnerables
a las tentaciones demoniacas, son ingenuas, su maldad es innata. Entones hay
que cuidarlas, orientarlas, lo cual generalmente falla, pues su impureza no
permite la sagrada orientación masculina. Desgraciadamente, entonces, hay que
quemarlas: su destino es ser brujas y como tales deben ser tratadas.
Es la perspectiva masculina de
los años medievales. Se había buscado argumentos verdaderamente fantásticos
para inculpar a las damas de todos los pecados habidos y por haber. La
imaginación se acentúo en último grado. Se buscaron razones para justificar una
conducta o para intentar ocultarla. ¿Qué es lo que realmente está en el fondo
de tanto exceso misógino? Está en juego el concepto del hombre, no sólo del ser
humano como generalidad, sino del hombre como género.
Esa es la razón por la cual las
mujeres son en su mayoría los principales receptores de toda la insidia
masculina. Es ese temor ancestral que lleva al mundo masculino a pretender
callar lo que no entiende.
Y ahora, nosotros, ¿hemos cambiado?
Fue Circe la dominadora de
hombre, la maga que seducía con sus encantos brujiles y, por supuesto,
femeninos. La mujer estigmatizada por la traición griega y que aportó enorme
cantidad de elementos para justificar una crítica hacia el mundo de las damas.
Pero ella sólo fue una mujer que utilizó todos sus encantos para obtener lo que
buscaba, una mujer en un mundo que no estaba preparado para ella.
Fue Eva la madre original, la
mujer ancestral que recibió toda la carga autoritaria de un dios que ordena. Se
le pidió obedecer, no tomar sus decisiones propias, no escuchar. Y ella
escuchó, ejerció su libertad, asumió su libre albedrío y fue castigada por
ello. Más argumentos para sostener una frágil visión masculina acerca de la
feminidad. Los inquisidores tuvieron material fértil para intentar dominar algo
que es imposible de controlar: la razón femenina.
Féminas, “seres que carecen de fe”, un argumento más para
justificar toda una historia de locura y excesos misóginos. Se pretendía dar
razonamientos que explicaran la supuesta fragilidad y la vulnerabilidad de las
damas, considerar su necesidad innata a ser dominadas. Y el hombre estaba allí
para cumplir su cometido.
Se
intentó buscar respuestas en la filosofía, en la filología, en la mitología, en
toda la historia. Los inquisidores se cansaron de ello. Georges Duby mencionaba
que los hombres “las maltrataban, se burlaban de ellas, parapetados en la
porfiada certidumbre de su superioridad natural. Ellos son, en última
instancia, los que fallaron”. Fuimos en última instancia, los que fallamos. Se
intentó empujar el poder de las mujeres a espacios que se pudieran controlar. O
llevarlas al círculo del amor, o al de la hoguera con intención de atenuar sus
supuestos excesos, pero sólo se intentó evadir ese temor ancestral hacia ellas.
Ahora las mujeres siguen allí, y nosotros, ¿hemos cambiado?
Bibliografía
Donovan,
Frank, Historia de la brujería. Madrid,
Alianza, 1978.
Duby, Georges,
Mujeres del siglo XII. Volumen III. Barcelona,
Andrés Bello, 1998.
Lecouteux,
Claude, Demonios y genios comarcales en
la Edad Media. Barcelona, Medievalia, 1999.
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