[...] Después de la sobremesa me iba a trabajar a la tlapalería, negocio de mis padres que atendíamos entre mi hermano y yo. Era una actividad sumamente aburrida, cansada y fastidiosa. Pero no sólo porque llegaba bastante mugroso, sino porque cuando me recargaba en el muro esperando que pasara algo, mi mente vagaba y martillaba siempre con la misma idea: “cómo se pasan las horas, los días, cómo se pasa la vida en ese sitio, cómo se puede hacer todos los días e x a c t a m e n t e lo mismo”. Por esas fechas incluyo estos versos de Cavafis que explican justamente lo que sentía: No encontrarás otro país ni otras playas, llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad; caminarás las mismas calles, envejecerás en las mismas casas. Siempre llegarás a esta misma ciudad; no esperes otra, no hay barco ni camino para ti. Me veía en un futuro muy pero muy lejano todavía en el negocio, saliendo a ver mujeres jóvenes —sólo a verlas, por desgracia—, fastidiado de no tener otra diversión y od...
Palabras, comentarios y otras minucias desde algún remoto lugar del sur de la Ciudad de México.