
“¿Cómo se dice?”, le pregunta insistente una madre a su hijo cuando recibe algún obsequio y éste contesta casi de forma automática: “¡Gracias!” Si alguien realizara un conteo sobre cuántas veces se repite este diálogo en un país como el nuestro, el resultado total sería prácticamente imposible de precisar. Y es que enseñarles a los niños desde pequeños esa simple palabra que mágicamente abarca todos los códigos de agradecimiento es una práctica que ha pasado de generación a generación. Nuestros abuelos nos la han inculcado, nuestros padres la han aceptado y nosotros la repetimos sistemáticamente. Nadie cuestiona su valor en el mundo de la cortesía y la educación.
Sin embargo, si yo les dijera que para algunas sociedades este aprendizaje tan valorado por nosotros es en realidad un acto de mezquindad, una innoble actitud de calcular lo que se da o lo que se recibe. Si yo sostuviera que dar las gracias es finalmente un acto de ridícula soberbia que contrasta con esa tan mencionada y valorada humildad mexicana… ¿Qué dirían?
Pero vamos poco a poco. El antropólogo Marvin Harris, en su singular ensayo Jefes, Cabecillas y Abusones, explica dos conceptos que bien podrían aclarar un poco esta inquietud sobre las fórmulas de agradecimiento. En un momento de la historia de la humanidad, los hombres rescataron para sí estas dos formas de organización: la reciprocidad y la redistribución. De esta última, podemos decir que es el proceso por el que un individuo en alguna remota sociedad antigua reparte el producto de su trabajo entre su comunidad. Por ejemplo, el cazador que distribuye la presa recién obtenida entre sus compañeros. Y no hay mayor problema.
El concepto de reciprocidad es un poco más complejo. Si este mismo individuo espera recibir algún tipo de respuesta de agradecimiento, ante el “acto de generosidad” de compartir con los demás el producto de su trabajo, está completamente equivocado. Estas personas no eran obligadas por una madre a responder “gracias” ante el banquete otorgado. El saber que si un día debemos ir a cazar y que mañana el turno corresponderá a otro, es una organización que transforma la perspectiva que se pudiera tener de nuestro concepto de dar las gracias. No se agradece nada porque todos tenían derecho a todo.
En realidad ¿cuál es la razón verdadera que subyace a nuestras fórmulas actuales de agradecimiento? Si en una fiesta, los invitados traen diferentes regalos para el festejado, ¿éste deberá agradecer en proporción al presente recibido? ¿Se debería valorar más un regalo costoso que un simple detalle? ¿Y qué sucede con el que obsequia? ¿Estará esperando recibir esa mayor respuesta de gratitud por sentirse más que los demás? ¿Quizá porque se siente con derecho a todo? ¿Y los otros?
Marvin Harris nos da otra pista. Él menciona que en esas sociedades antiguas existían pueblos que fueron evolucionando de la reciprocidad y la redistribución aceptada por la comunidad a un estado donde aparecieron “esos cabecillas o jefes o abusones” que les gustaba recibir más muestras de agradecimiento por sus actos de desprendimiento. Lo veían como una forma de diferenciarse de los demás. Si yo obsequio en mayor cantidad seguramente obtendré mayores elogios. Ése era su razonamiento.
Los hechos fueron cambiando. Estos cabecillas fueron justificando su supremacía y se convirtieron en una clase poderosa. Fueron la clase reinante. Se buscaron argumentos para justificar su estadía en ese sitio. Se inventaron vínculos con los poderes divinos. Las muestras de agradecimiento estaban en función de lo que podían otorgar a sus súbditos. En la actualidad damos las gracias a los políticos “por lo que nos obsequian”.
¿Será cierto que existe algo en el ser humano que lo hace proclive ya no digamos al poder, sino a dejarse seducir por los elogios? Quizá necesitemos que continuamente nos digan lo bondadosos, obsequiosos o desprendidos que somos. Algo seguramente habrá en la psique del ser humano que lo obliga a necesitar de adulaciones para poder vivir.
Los conceptos de reciprocidad y de redistribución, que en estas sociedades antiguas armonizaban sin mayor problema pues con ellos nadie estaba obligado a dar las gracias porque todo era de todos y nadie necesitaba creerse más que los demás, se vieron de pronto transformados ante la aparición de este deseo por adular y sentirse adulado. Por eso obsequiamos más, por eso compramos más. Por eso, finalmente, damos las gracias. La armonía y el derecho a todo quedaron en el olvido y llegó triunfante nuestra ridícula sociedad de la adulación.
¿Habrá pensado todo esto la madre que obliga sistemáticamente a su hijo a decir “gracias”?
Mtro. Salvador Saulés
Saludos
ResponderEliminarMe parece un texto muy interesante y enrriquecedor. Creo además que la página es muy buena. La lectura es amena y el texto muy ilustrativo
ResponderEliminarSaludos de
Pascualina H.
Envío un saludo y deseo que siga trabajando de la misma forma. Saludos.
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