[...]
Después de la sobremesa me iba a trabajar a la tlapalería, negocio de mis padres que atendíamos entre mi hermano y yo. Era una actividad sumamente aburrida, cansada y fastidiosa. Pero no sólo porque llegaba bastante mugroso, sino porque cuando me recargaba en el muro esperando que pasara algo, mi mente vagaba y martillaba siempre con la misma idea: “cómo se pasan las horas, los días, cómo se pasa la vida en ese sitio, cómo se puede hacer todos los días e x a c t a m e n t e lo mismo”. Por esas fechas incluyo estos versos de Cavafis que explican justamente lo que sentía:
No encontrarás otro país ni otras playas,
llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad;
caminarás las mismas calles,
envejecerás en las mismas casas.
Siempre llegarás a esta misma ciudad;
no esperes otra,
no hay barco ni camino para ti.
Me veía en un futuro muy pero muy lejano todavía en el negocio, saliendo a ver mujeres jóvenes —sólo a verlas, por desgracia—, fastidiado de no tener otra diversión y odiando con rabia a mi primo porque hacía religiosamente lo mismo que yo. La única diferencia era que mi giro era de tlapalería y el suyo de veterinaria. ¡Gran diferencia!
[…]
Por supuesto, tales actividades me hicieron perder la atención a mis deberes. Mi trabajo en la tlapalería se volvió más fastidioso e insoportable. Sólo tenía el aliciente de poder hablar con algunos “amigos”. Un albañil regordete de unos cincuenta años que se autonombraba el pitoloco. Decía que tenía varias mujeres a un mismo tiempo. Se la pasaba hablándoles a las señoras de su edad que pasaban por el Chabacano. Ellas volteaban y me veían a mí con una cara de sorpresa. O el coreano, un ebrio consuetudinario con ojos rasgados que llegaba todas las tardes a pedirme dinero para comprar su botella de licor que costaba tres pesos. Odiaba a los españoles dueños de los baños La Cruz. Cada 16 de septiembre, después de haber bebido toda la noche, iba a lanzarle piedras a su establecimiento. Les exigía dinero, pues decían que éste no era su país, que tenían que darle algo por estar en él. Todos los otros días los miraba con respeto y hasta con temor. O también un electricista medio loco que le interesaban los problemas nacionales. Siempre venía con preguntas del tipo: “tú que estudias, haber dime por qué el país está en crisis”. Todos éramos un grupo. Se juntaban en la tlapalería y la gente nos evitaba. Por supuesto el enojo de mi padre no se hacía esperar: no entraba nadie al negocio.
Después de la sobremesa me iba a trabajar a la tlapalería, negocio de mis padres que atendíamos entre mi hermano y yo. Era una actividad sumamente aburrida, cansada y fastidiosa. Pero no sólo porque llegaba bastante mugroso, sino porque cuando me recargaba en el muro esperando que pasara algo, mi mente vagaba y martillaba siempre con la misma idea: “cómo se pasan las horas, los días, cómo se pasa la vida en ese sitio, cómo se puede hacer todos los días e x a c t a m e n t e lo mismo”. Por esas fechas incluyo estos versos de Cavafis que explican justamente lo que sentía:
No encontrarás otro país ni otras playas,
llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad;
caminarás las mismas calles,
envejecerás en las mismas casas.
Siempre llegarás a esta misma ciudad;
no esperes otra,
no hay barco ni camino para ti.
Me veía en un futuro muy pero muy lejano todavía en el negocio, saliendo a ver mujeres jóvenes —sólo a verlas, por desgracia—, fastidiado de no tener otra diversión y odiando con rabia a mi primo porque hacía religiosamente lo mismo que yo. La única diferencia era que mi giro era de tlapalería y el suyo de veterinaria. ¡Gran diferencia!
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Por supuesto, tales actividades me hicieron perder la atención a mis deberes. Mi trabajo en la tlapalería se volvió más fastidioso e insoportable. Sólo tenía el aliciente de poder hablar con algunos “amigos”. Un albañil regordete de unos cincuenta años que se autonombraba el pitoloco. Decía que tenía varias mujeres a un mismo tiempo. Se la pasaba hablándoles a las señoras de su edad que pasaban por el Chabacano. Ellas volteaban y me veían a mí con una cara de sorpresa. O el coreano, un ebrio consuetudinario con ojos rasgados que llegaba todas las tardes a pedirme dinero para comprar su botella de licor que costaba tres pesos. Odiaba a los españoles dueños de los baños La Cruz. Cada 16 de septiembre, después de haber bebido toda la noche, iba a lanzarle piedras a su establecimiento. Les exigía dinero, pues decían que éste no era su país, que tenían que darle algo por estar en él. Todos los otros días los miraba con respeto y hasta con temor. O también un electricista medio loco que le interesaban los problemas nacionales. Siempre venía con preguntas del tipo: “tú que estudias, haber dime por qué el país está en crisis”. Todos éramos un grupo. Se juntaban en la tlapalería y la gente nos evitaba. Por supuesto el enojo de mi padre no se hacía esperar: no entraba nadie al negocio.
Contreras era una especie de mezcla entre pueblo y ciudad. Ahora es absolutamente intransitable. Cuando estaba por allá, las cosas no eran muy distintas, pero me sentía un poco parte de ella. La calle de Chabacano es conocida por todos. Decían que un día a mi abuelo le preguntaron cuál era el ancho correcto para esta vialidad. “Donde pase un burro cargado de ida y otro de regreso”, respondía. Imposible. Hoy no pasa ni un solo coche. Aun así, es una de las calles más transitadas. Es el lugar de paso para toda la colonia. No hay otra salida. Muchos años antes, cuando los arrieros iban a buscar leña en la zona de los Dinamos (así, Dinamos y no Dínamos, aunque sea incorrecto), tenían que subir desde Santa Teresa y no encontraban ningún descanso en su recorrido. El abuelo construyó un pequeño portal para que ellos se detuvieran un rato y recuperaran sus fuerzas. Salía a ofrecerles algo de beber. Y ellos, agradecidos, continuaban su camino. Cuando mi abuela quedó viuda a los 30 años y al cuidado de siete niños, sencillamente encerró a sus hijos en una fortaleza y mandó al demonio el portal.
Pero a mí todo eso no me interesaba. Sólo disfrutaba cuando el coreano, recién rasurado con sus prestobarbas de a peso, se detenía a ver a una morena con un trasero enorme. “¿Te la imaginas encañonada? ¡Qué culo!”, me decía. Y yo ponía a trabajar el cerebro y no podía sacarme de la cabeza la imagen de unas enormes nalgas frente a mí. “A esa le gusta la verga. Todas las pinches viejas son unas putas”, continuaba diciendo. Y nuestras tardes cobraban un poco de interés. Llegaba algunos días con heridas que ni siquiera recordaba dónde las había recibido. “¿Dónde fue le borrachazo?” le decía el electricista. Esos ebrios siempre me trajeron problemas. Un tiempo atrás había trabajado en un taller mecánico de chalán. Mi papel era ayudar a bajar las baterías y, cuando no había quién, las marchas. El gallo, un mecánico que siempre me decía que era mi pariente, tenía el grave problema del alcohol. Un día, ebrio, me dijo: “¿Quieres conocer a unas lesbianas? Son bien putas. ¿Quieres conocerlas?” En ese momento yo buscaba que todas mis fantasías se pudieran concretar y pensé que esa era la mejor posibilidad.
Fuimos al Pedregal y sobre la vía, caminamos en búsqueda de las famosas lesbianas. El gallo me contaba las mieles de poder estar con ellas. Que si vas a poder hacer con ellas lo que quieras, que son bien calientes y primero empiezan entre las dos y luego terminan haciéndote todo a ti, y cosas por el estilo. Caminamos durante un buen tiempo. Nunca recordó donde estaba la bendita casa de las lesbianas. Terminamos metidos en una fiesta con gente que ni siquiera conocíamos. Con total descaro él se puso a bailar con una muchacha y yo dejé mis anhelos sexuales para otra ocasión.
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Pero a mí todo eso no me interesaba. Sólo disfrutaba cuando el coreano, recién rasurado con sus prestobarbas de a peso, se detenía a ver a una morena con un trasero enorme. “¿Te la imaginas encañonada? ¡Qué culo!”, me decía. Y yo ponía a trabajar el cerebro y no podía sacarme de la cabeza la imagen de unas enormes nalgas frente a mí. “A esa le gusta la verga. Todas las pinches viejas son unas putas”, continuaba diciendo. Y nuestras tardes cobraban un poco de interés. Llegaba algunos días con heridas que ni siquiera recordaba dónde las había recibido. “¿Dónde fue le borrachazo?” le decía el electricista. Esos ebrios siempre me trajeron problemas. Un tiempo atrás había trabajado en un taller mecánico de chalán. Mi papel era ayudar a bajar las baterías y, cuando no había quién, las marchas. El gallo, un mecánico que siempre me decía que era mi pariente, tenía el grave problema del alcohol. Un día, ebrio, me dijo: “¿Quieres conocer a unas lesbianas? Son bien putas. ¿Quieres conocerlas?” En ese momento yo buscaba que todas mis fantasías se pudieran concretar y pensé que esa era la mejor posibilidad.
Fuimos al Pedregal y sobre la vía, caminamos en búsqueda de las famosas lesbianas. El gallo me contaba las mieles de poder estar con ellas. Que si vas a poder hacer con ellas lo que quieras, que son bien calientes y primero empiezan entre las dos y luego terminan haciéndote todo a ti, y cosas por el estilo. Caminamos durante un buen tiempo. Nunca recordó donde estaba la bendita casa de las lesbianas. Terminamos metidos en una fiesta con gente que ni siquiera conocíamos. Con total descaro él se puso a bailar con una muchacha y yo dejé mis anhelos sexuales para otra ocasión.
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