Así como nadie puede hablar de Contreras sin considerar a La Cruz, nadie puede hablar de esta colonia sin mencionar la famosa calle de Chabacano. La gente de Contreras la conoce. O deberían conocerla. Es punto ideal de encuentros y desencuentros, de citas amorosas y no tan amorosas. Es, sobre todo, la puerta de entrada a otro mundo escondido apenas para los que, apresurados por llegar a su casa, no se detienen a ver un poco más allá que lo que el pesero les deja ver. Una calle como ésta puede ser el camino de entrada a la fantasía o la salida más rápida a la realidad. Es según como se sienta uno: cansado de la monotonía o ansioso de descubrir historias a través de las arterias de esta ciudad.
Hace muchos años, un hombre –mi abuelo- dejó mujer e hijos para encontrar un nuevo amor en plena serranía del Ajusco. Construyeron su casa en pleno pueblo de La Cruz frente a una vereda ondulada y llena de pendientes. No había terminado la segunda década del siglo XX cuando entre este hombre y otros más decidieron transformar la agreste vereda en una citadina calle. Alguien preguntó: “¿y qué ancho le damos?” Solícito, el hombre contestó: “donde quepan un burro cargado de ida y otro de regreso, con eso basta”. Y así fue. Esta calle se llama Chabacano por la cantidad de árboles frutales que pronto se dejaron ver al comienzo de la urbanización. Hoy no hay chabacanos y cuando dos autos se encuentran no pueden circular.
Subir por la avenida México y dar vuelta a la derecha y entrar a La Cruz por este camino es una decisión arriesgada. El mundo del desorden y del caos puede estar a la vuelta de la esquina. Generaciones han pasado y todavía se repite la misma historia. Que si el Nogal es una calle de delincuentes, que si La Vía es sólo el acceso al mundo de la drogadicción, que si en la subida de la virgen están los mejores tacos de Contreras, etc.
La vida sigue igual, o más complicada. Caminar por esa calle es saber que pronto serás reconocido como personaje habitual o como ser extraño y hasta extranjero en tu propia ciudad. Las miradas recelosas no se dejan esperar. En una esquina como esta un día puedes pasar absolutamente desapercibido y otro ser linchado por una horda de salvajes.
Sus mañanas son tibias, pues el olor a agua recién aventada enaltece el ambiente. Los viernes no se puede caminar. Las noches son peligrosas. Una enfermera contaba a mi madre que tenía que transitar por este sitio a las dos de la mañana. Siempre aparecía algún perdido queriendo aprovecharse de la oscuridad para aventurar caricias impúdicas. “Para eso están, pero se piden”, decía la enfermera ante el asombro de mi madre.
La gente vive feliz. Encontraron en esta calle su acceso a la felicidad. Voltean hacia atrás y sólo descubren algunas historias que forman la gran historia de su vida. Para ellos, la calle Chabacano puede ser la entrada a su propia fantasía, afortunadamente para mí fue el camino más rápido para salir huyendo de todo esto. La vida es así: hoy recuerdo con cariño la historia de esta calle pero agradezco la oportunidad de no regresar jamás.
Mtro. Salvador Saulés
Hace muchos años, un hombre –mi abuelo- dejó mujer e hijos para encontrar un nuevo amor en plena serranía del Ajusco. Construyeron su casa en pleno pueblo de La Cruz frente a una vereda ondulada y llena de pendientes. No había terminado la segunda década del siglo XX cuando entre este hombre y otros más decidieron transformar la agreste vereda en una citadina calle. Alguien preguntó: “¿y qué ancho le damos?” Solícito, el hombre contestó: “donde quepan un burro cargado de ida y otro de regreso, con eso basta”. Y así fue. Esta calle se llama Chabacano por la cantidad de árboles frutales que pronto se dejaron ver al comienzo de la urbanización. Hoy no hay chabacanos y cuando dos autos se encuentran no pueden circular.
Subir por la avenida México y dar vuelta a la derecha y entrar a La Cruz por este camino es una decisión arriesgada. El mundo del desorden y del caos puede estar a la vuelta de la esquina. Generaciones han pasado y todavía se repite la misma historia. Que si el Nogal es una calle de delincuentes, que si La Vía es sólo el acceso al mundo de la drogadicción, que si en la subida de la virgen están los mejores tacos de Contreras, etc.
La vida sigue igual, o más complicada. Caminar por esa calle es saber que pronto serás reconocido como personaje habitual o como ser extraño y hasta extranjero en tu propia ciudad. Las miradas recelosas no se dejan esperar. En una esquina como esta un día puedes pasar absolutamente desapercibido y otro ser linchado por una horda de salvajes.
Sus mañanas son tibias, pues el olor a agua recién aventada enaltece el ambiente. Los viernes no se puede caminar. Las noches son peligrosas. Una enfermera contaba a mi madre que tenía que transitar por este sitio a las dos de la mañana. Siempre aparecía algún perdido queriendo aprovecharse de la oscuridad para aventurar caricias impúdicas. “Para eso están, pero se piden”, decía la enfermera ante el asombro de mi madre.
La gente vive feliz. Encontraron en esta calle su acceso a la felicidad. Voltean hacia atrás y sólo descubren algunas historias que forman la gran historia de su vida. Para ellos, la calle Chabacano puede ser la entrada a su propia fantasía, afortunadamente para mí fue el camino más rápido para salir huyendo de todo esto. La vida es así: hoy recuerdo con cariño la historia de esta calle pero agradezco la oportunidad de no regresar jamás.
Mtro. Salvador Saulés
Leí tu página, y aunque estás enojado conmigo está buena.
ResponderEliminarChau
Ale